Amig@:
Un caso más. Otro sacerdote, colombiano esta vez, ha sido acusado de nuevo por abuso sexual contra dos menores… nada nuevo, pero esta vez sí es distinto.
Se presentó la grabación de un testimonio del propio sacerdote donde describe y acepta que mantuvo relaciones con estos dos, en aquel entonces menores. El sacerdote acepta la acusación y describe donde, cuando y como mantuvo esos encuentros sexuales.
El asunto es que, de nueva cuenta, el sacerdote en cuestión fue cambiado de parroquia en un intento por ocultar el escándalo. En fin, que la cosa se ha sabido y el sacerdote ha confesado su culpabilidad.
Mientras tanto, la acusación contra el Cardenal Norberto ha sido manejada por el abogado de la arquidiócesis como un intento de extorsión, uno más de los ataques infundados contra el prestigio de la iglesia.
Qué pena que, en lugar de dar la cara y permitir a la justicia esclarecer las cosas, nuestros obispos se escondan tras “el honor de la iglesia” para tratar de desviar la atención de lo realmente importante.
Si en vez de defenderse con tanto empeño, de satanizar a quienes buscan la verdad – como si lo que buscaran fuera la destrucción de la iglesia – los obispos deberían ser los primeros en ayudar a limpiar el proceso y hacer que los acusados se presentaran ante las instancias de ley para demostrar su inocencia.
Más curioso aún, que tratándose de otras cosas, sean los obispos los primeros en levantar la voz en nombre de la familia, las buenas costumbres e incluso de la misma Biblia, sin detenerse en la más mínima compasión, el más elemental respeto por la intimidad y la dignidad de las personas, por ejemplo con lo que hacen ante los sacerdotes supuestamente homosexuales.
Un amigo mío, cuyo nombre y diócesis no diré por obvias razones, fue acusado por un parroquiano de tocamientos homosexuales. El joven en cuestión es mayor de edad y, según mi amigo, no pasó nada de lo que él aseguró ante el obispo. Entre peras o manzanas, mi amigo fue obligado – por el absurdo uso del voto de obediencia – a dejar su parroquia y a salir de su diócesis para recluirse contra su voluntad en una institución.
La tal fundación atiende a sacerdotes con problemas. Al ser recibido, el sacerdote director le preguntó: ¿Por qué estás aquí, padre? Mi amigo dijo: Por obediencia a mi obispo, a lo que el director de la casa respondió: No. estás aquí por tu homosexualidad. Las sesiones de pseudo terapia para curarlo han sido por el estilo: humillantes, queriendo entrar a la conciencia de mi amigo… bueno, hasta le han pedido aceptar una exploración física y exámenes de sangre entre los que sospechamos está el del VIH.
¿Cómo comprender a nuestros obispos cuando hacen cosas tan indigentes como esta de mi amigo, mientras ocultan a presuntos criminales?
¿Cómo, ante esto, quedarnos callados con un es que son humanos como nosotros? Si lo que se niega no es su humanidad, sino su coherencia, porque hechos como estos nos dicen que, contrario a su discurso, la verdad, la honestidad, la justicia, el amor y la compasión por el otro aplican muy bien cuando se trata de sus propias fallas, pero no cuando se trata de la vida, la conciencia y las elecciones de otras personas.
¿Por qué una persona – homosexual o no – es sometida por obediencia a estos malos tratos, cuando los obispos invocan la dignidad de la iglesia para ocultar sus errores?
Y con qué nos quedamos los creyentes… con la sensación de indignación, con las ganas de exigir a los obispos una conducta más evangélica y con la profunda tristeza de ver a nuestros pastores, aquellos que debieran conducirnos por las sendas de Dios, defendiendo como leones su honor y su estatus.
Y nos quedamos, espero, con la profunda compasión de verlos así, maltrechos, humillados públicamente, perdiendo cada día más credibilidad… porque son nuestros hermanos y el Señor nos dice una y otra vez: ¡Ámense!
Y nos quedamos con la solidaridad, porque como iglesia, lo que hace uno lo hacemos todos por ese misterio que llamamos comunión de los santos.
En efecto, por la comunión de los santos, el sacerdote abusador, el cardenal que oculta, el pseudo terapeuta que humilla... soy yo mismo, somos todos y todas los creyentes que en ellos vemos reflejadas nuestras incoherencias, nuestras faltas de amor y nuestras injusticias.
Y nos quedamos también con la invitación a transformar las cosas, porque en la víctima del abuso, en el sacerdote humillado y en el homosexual pisoteado vemos – podemos ver y ojalá veamos – a Dios mismo, que clama por una iglesia diferente.
J. Álvaro Olvera I.