Luego de leer nuestra página principal es muy probable que te preguntes cómo y por qué podemos llamarnos católicos, si no aceptamos al cien por ciento la doctrina oficial del Vaticano. Me gustaría exponerte nuestro punto de vista, no con el afán de convencerte, sino con el deseo de abrir un diálogo enriquecedor.

 

¿En qué consiste ser católico?

 

Si te lo preguntas, te darás cuenta de que la respuesta no es tan sencilla como parece. Si pensamos que ser católico – verdaderamente católico – es aceptar todas y cada una de las normas salidas de Roma y adecuar nuestras vida a esas normas, ¿quién puede llamarse católico? Unos pocos, con lo que la iglesia universal deja de ser universal.

 

En los primeros tiempos de la iglesia, la catolicidad no estaba en la uniformidad. Si lees el Nuevo Testamento y los documentos de los primeros Padres, hallarás que había una compleja red de comunidades de fe (llamadas iglesias) que se sabían parte de la Gran Iglesia, pero que tenían ritos, celebraciones y costumbres completamente locales. Por ejemplo, en las comunidades de Pablo encontramos acentos distintos a los que se vivían en las comunidades de Juan.

 

El libro de los Hechos nos cuenta como hubo un gran conflicto entre las iglesias de Santiago (el hermano del Señor) y las de Pablo por cuestiones de costumbres, formas de pensar y de expresar la fe. Mientras unos creían que no había que romper con el judaísmo para ser cristianos (ya que Jesús había sido un judío) y adecuaban su vida a esa fe, las comunidades de Pablo no pensaban así y rechazaban de plano todo lo que tuviera que ver con judaísmo.

 

¿En qué acabó todo? Los líderes de ambas comunidades se reúnen y acuerdan cosas muy generales que les ayuden a mantener su identidad, pero ni imponen a los paulinos las observancias judías, ni quitan a los santiaguinos su forma de ver la fe.

 

En la historia de la iglesia antigua hay testimonios de prácticas de fe muy diferentes a las que conocemos, diferentes a las que se vivían en Roma, y no pienses que se trataba de cosas pequeñas, sino que incluso había cuestiones tan serias como la frecuencia con la que se debía celebrar la cena del Señor y el papel de la mujer en las comunidades.

 

Tenemos testimonios históricos de que en algunas comunidades había mujeres diácono – o diaconisas – que hacían las mismas funciones litúrgicas y de servicio que los varones diáconos. En algunos lugares eran las diaconisas quienes se encargaban de ayudar al obispo en los bautizos de las mujeres, mientras los diáconos hacían lo propio con los varones. Y nadie se desconocía como católico por aceptar o rechazar esto.

 

Más adelante se vio la necesidad de unificar los ritos, fiestas y formas de celebrar la fe. El proceso fue lento, pero llegó a su plenitud alrededor del siglo X, cuando el cisma con las iglesias orientales. No vamos a discutir si esa centralización fue buena o no, creo que era fruto del momento histórico, pero sí podemos decir que el ser católico, por lo menos durante unos mil años, no dependía de ser una réplica de la iglesia romana. Incluso conservamos ritos para celebrar la eucaristía que siempre fueron diferentes: el rito mozárabe, el maronita y el copto.

 

El Concilio Vaticano II, nuestra máxima autoridad doctrinal, declaró que la Iglesia de Cristo subsiste en la iglesia católica romana, pero no se agota en ella, ni se circunscribe a ella. Con esta declaración (que por cierto está en contra de la tradición anterior que decía que la Iglesia de Cristo ES la iglesia romana) abrió la comprensión de los fieles a la universalidad de la Iglesia de Cristo, que abarca a todos y todas las personas que han sido bautizadas en el nombre de la Trinidad y que aceptan los primeros símbolos de la fe (credos): el del Concilio de Nicea y el de Constantinopla.

 

El Vaticano II regresa el nombre de “iglesias hermanas” a la iglesia ortodoxa griega y rusa, y reconoce la santidad y los elementos de salvación de las demás confesiones cristianas. A raíz de esto, los representantes de las diferentes iglesias se han reunido para trabajar unidos, acordando puntos de encuentro y orando para que algún día todos los creyentes en Cristo podamos vernos como lo que somos: hermanos y hermanas.

 

Luego de Vaticano II, entonces, la Iglesia de Cristo es Una, Santa, Universal (que eso significa la palabra católica) y Apostólica, pero se vive con diferentes matices haciendo posible que haya una iglesia católica ortodoxa, una iglesia católica anglicana e iglesias católicas independientes (así, con minúsculas) que, cada una de acuerdo a su peculiar forma de creer y vivir la fe, forman verdaderamente parte de la gran Iglesia de Cristo y participan de la savia del Señor que corre por las venas de su Iglesia.

 

Entonces, ser católico tiene que ver con creer en y seguir a Jesucristo, aceptando los símbolos de la fe de los Concilios de Nicea y Contantinopla, pero formando parte de cada iglesia (con minúsculas) particular.

 

Este es, a mi entender, el auténtico catolicismo, la auténtica universalidad de la Iglesia de Cristo: se capaz de llegar a todo ser humano a través del tiempo y del espacio, pero respetando profundamente la cultural, la tradición, la forma de pensar, la forma de celebrar y la forma de alabar a Dios de cada grupo humano.

 

Porque si ser católico dependiera de ser “romano”, la Iglesia de Cristo sería una realidad muy pobre, nada universal.