Hola amig@. Lo prometido es deuda, continúo mis pistas de espiritualidad fílmica. 

  • Segunda pista: Padmé Amidala
 

Ella es la esposa enamorada de Anakin. El amor que le tiene la ha llevado a poner su mundo de cabeza, a arriesgarse a lo que nunca pensaba hacer. Ciertamente lo veía venir, ella supo que amando a Anakin se vería ante la disyuntiva de arriesgarlo todo. 

La Senadora se convierte en enamorada, en amante. Sabe que su reputación está en juego, que todo lo que se espera de ella puede irse al traste, que el embarazo de una Senadora soltera – pues nadie sabe que se ha casado con Anakin – será un motivo de burla, de murmuración. 

Quienes se van dando cuenta de lo que hace la Senadora quedan perplejos. Nadie esperaba que una Senadora reaccionara así, que se comportara contra todas las normas de la sociedad. Nadie, en su sano juicio, haría lo que Padmé se arriesgaba a hacer por amor. 

A lo largo de la relación, Padmé siempre está ahí para dar un abrazo al cada vez más confundido aprendiz de Jedi. Cuando las dudas lo arrinconan, Padmé dice la palabra de consuelo; cuando el futuro se va haciendo oscuro, Padmé brinda la caricia protectora. 

Aún cuando su amado se cierra a la confianza y al amor – queriendo resolverlo todo por el mismo, con más aires de autosuficiencia que de confianza en sus capacidades – Padmé lo confronta amorosamente y lo ayuda a darse cuenta de su error, lo impulsa a buscar consejo y ayuda, lo pone en la disyuntiva entre el amor confiado y el egoísmo de querer guardarlo todo para sí. 

Padmé ama, no olvida sus responsabilidades, pero ama. Y como ama, perdona, apoya, sostiene, alienta, comparte. Si ella hubiera sabido el cariz que tomaban las cosas entre Anakin y el lado oscuro, se habría hecho a un lado como de hecho hace cuando se da cuenta de que los caminos de su amor son distintos a los de ella. 

En el planeta Mustafar, Padmé descubre que su entrega y su amor cuidador no han resultado suficientes para el joven lleno de ambición y cegado por la desconfianza. Y cuando el joven Jedi – ahora señor oscuro – vuelve su poder contra ella, equivocado pero ciego ya a todo lo bueno, ella le dice: estás rompiendo mi corazón, pero no lo obliga a cambiar de camino, ni lo manipula, ni lo chantajea. 

  • Aterrizando
 

Desde mi visión, Padmé Amidala hace las veces de Dios. Claro que no el Dios de nuestras tradiciones, ni el que nos inculcaron de niños (que aunque valioso, tiene sus lados terribles) Padmé no es como el Dios acusador, el juez del castigo, ni el Señor de las venganzas eternas que arroja a sus hijos en el infierno por ser homosexuales y vivir como tales. Padmé representa otro tipo de Dios (quizá podamos decir de Diosa) que recuerda en mucho al Dios experimentado y anunciado por Jesús. 

El Dios de Jesús (en el que creemos muchos en el mundo) nos ha creado libres y bien sabe que eso es correr uno de los riesgos más grandes del universo: la libertad humana que puede, incluso, volverse contra la misma persona, contra los demás y contra Dios. Dios deja al ser humano en libertad y asume las consecuencias. 

Dios (El o Ella, como quieras) vive enamorado, locamente enamorado. Nos ama con una pasión y un deseo ante el que nuestras palabras y conceptos no alcanzan. Los grandes místicos lo han intuido: Dios está loco de amor por cada uno de nosotros. Esto es una idea comúnmente aceptada, pero que es tremenda a la hora de las consecuencias.  

Porque Dios no sólo ama a los buenos, a los decentes, a los santos, a los que cumplen las normas religiosas y sociales. Dios ama también a cada uno de nosotros, a los que no somos nada de lo anterior según los criterios de la sociedad y de la iglesia. Dios está perdidamente enamorado de los homosexuales, de las lesbianas, de los travestis... el amor de Dios no conoce fronteras y se enternece precisamente por aquellos de nosotros que somos más señalados, más rechazados, más odiados. 

Y un amor así es incomprendido, tanto que ni nuestras mismas comunidades religiosas (que son portadoras y proclamadoras de ese amor) pueden aceptar que Dios nos ame así. Nadi eespera que Dios ame de esta manera tan loca y escandalosa.  

Por eso el amor de Dios se hace increíble, porque rompe los esquemas de la sociedad, de los grupos religiosos y de las mismas personas homosexuales, a quienes tantísimo trabajo les cuesta creer que Dios ha puesto en juego su “honra” y su “buen nombre” a los ojos de la sociedad y de las iglesias con tal de amar también a gays y lesbianas. 

Dios es el amante discreto y oportuno, que nunca impone su presencia a nadie, pero que siempre está listo para dar el abrazo, la palabra, la caricia y la fuerza en medio de las tribulaciones de la vida. Dios no quita por arte de magia los problemas ni las enfermedades (y por supuesto no va a quitar mágicamente la homofobia del mundo) pero siempre está ahí para acoger, para acunar en su regazo a quienes andamos a tontas y locas en este mundo tan tonto y loco. 

Dios nos impulsa a ser mejores personas, más seres humanos, compasivos, misericordiosos con todo dolor ajeno (que no es tan ajeno pues lo sufre algún hermano nuestro) pero no nos impone. Nos alienta, pero no nos manipula. 

Dios, el buen Dios, respeta de lleno nuestra libertad, nuestras ambiciones, nuestros sueños. Aún cuando todo eso nos pueda estar alejando del camino de ser mejores personas (porque no podemos negar que a veces decidimos lo deshumanizante) Nos dice: estás rompiendo mi corazón, pero no nos obliga, mucho menos nos hace chantaje.  

Con esto, Dios (este Dios del que hablamos) se aleja de todas las concepciones violentas y vengativas que las personas nos hemos hecho a lo largo de los siglos. En Dios no hay violencia, en Dios no hay venganza, en Dios no hay chantajes al modo de: te amo como gay si no tienes sexo con nadie.  

Dios nos quiere libres, nos quiere felices, nos quiere verdaderamente humanos. Pero no espera amarnos cuando seamos todo eso, sino que su amor es tal que nos ama como somos ahora, y paga las consecuencias sociales y religiosas que niegan, ridiculizan, minimizan o satanizan un amor así. 

Ojalá nosotros, amig@  de Enkidu, aprendamos poco a poco a dejarnos amar así, porque pienso que nos hace mucha falta, ¿no crees? 
 

J. Álvaro Olvera Ibarra