Hace unos días me fui al cine a ver el esperadísimo Episodio III. ¡Por supuesto! Yo soy uno de esos millones de seguidores de la saga de Star Wars.  

En fin, luego de que estuve en calidad de autista por unas horas después de la función, te ofrezco mis reflexiones sobre la cinta y sobre la espiritualidad que encontré en ella. ¿Puedes creerlo? ¡Hasta en joli-gud encontramos al Espíritu! 
 

  • Primera pista: Obi-Wan Kenobi
 

El maestro Jedi muestra en la cinta una gama de valores que vale le pena rescatar. Obi-Wan es el amigo fiel, que hizo un espacio en su vida para acoger al huérfano necesitado de ayuda. Obi-Wan decide oponerse incluso a las autoridades del consejo Jedi – algo así como el grupo de obispos de esa religión – cuando se trata de darle al pequeño esclavo Anakin un lugar. 

Obi-Wan es maestro, guía, consejero, que aprende a no coartar la libertad de Anakin. Le acompaña, pero le deja decidir. No es paternalista, sino que va dejando espacio al desarrollo y al crecimiento del joven que cada vez más claramente elige sus caminos. 

Obi-Wan sabe que Anakin está tomando otros derroteros y no le rechaza. Se entera de que Padmé está esperando un bebé del joven y aún en esa circunstancia [hecho que, por cierto, era una clara y definitiva violación de los votos de la orden Jedi] Obi-Wan decide ofrecer su ayuda, su consejo, su apoyo. 

La confrontación final entre Obi-Wan y Anakin es una muestra más del amor y la lealtad a sus convicciones. Antes de traicionar sus ideales, Obi-Wan decide enfrentar a su viejo amigo. Te fallé como maestro, dice Obi-Wan ante su ex discípulo que se ha entregado al mal. Así como una vez enfrentó al consejo de su orden a favor de un pequeño indefenso, ahora Obi-Wan enfrenta a su amigo a favor de los ideales de libertad para la galaxia. 

Finalmente, Obi-Wan cuida de Padmé, la esposa de Anakin y del bebé que espera. La necesidad de sobrevivir del pequeño Luke, hace que Obi-Wan se exilie en el planeta desértico, no para jugar un papel protagónico como padre del niño, sino para cuidarlo de lejos, discretamente, hasta que Luke esté listo para aprender los caminos de la Fuerza. 
 

  • Aterrizando
 

La espiritualidad como camino de humanización nos invita a la vivencia de ciertos valores como la amistad, la entrega, la compasión, la comprensión, la solidaridad, valores presentes en el personaje de Obi-Wan. 

Si bien estos valores son aplicables a toda persona y en toda situación humana (sería interesante reflexionar sobre ellos desde la óptica gay) el papel de Obi-Wan como mentor me ha hecho dirigir la reflexión a los líderes religiosos, mentores de las comunidades creyentes. Aunque yo, como católico, me voy a centrar en la figura del obispo, pienso que lo que digo se puede aplicar a todos los líderes religiosos. Veamos. 

¿Cuantos de nosotros no estamos clamando al cielo pidiendo obispos que se parezcan al bueno de Obi-Wan? 

¿Obispos Jedi? ¡Pues si¡ obispos que, por ejemplo: 

  • Sean capaces de criticar sus iglesias, someterlas a discernimiento y tener la osadía incluso de oponerse a ellas cuando se trata de defender la dignidad de las personas más rechazadas. Obispos que no tengan miedo a exigir a los consejos, concilios, curias o dicasterios que renueven sus doctrinas, sus normas, y hagan espacio para que todas las personas tengan la oportunidad de sentir que pertenecen, que son parte de una iglesia.
 
  • Obispos que sean capaces de superar siglos de paternalismo – y es que hasta hace algunos siglos, los laicos no teníamos ni la libertad, ni la información, ni la formación, ni la conciencia de nuestra dignidad y derechos, por lo que se hacía normal ser tutelados por las jerarquías religiosas – a favor del reconocimiento de la libertad de conciencia y la madurez de los fieles. Ya no queremos ni necesitamos obispos al modo de Inocencio III, sino al modo de Samuel Ruiz u Oscar Romero, que sepan guiarnos en libertad y corresponsabilidad. Obispos que sepan tratarnos como fieles adultos, y no como si fuéramos párvulos de 40 años.
 
  • Obispos incluyentes, que no expulsen a los demás cuando comienzan a pensar o decidir por sí mismos, aunque sus decisiones no parezcan muy acordes a la moral imperante. Obispos que sepan reconocer que la doctrina cristiana no puede quedarse estancada en modelos del siglo XVI, porque la fidelidad a Jesús o se actualiza dentro de los límites de lo más humano o queda en el depósito de cadáveres (y no en el depósito de la fe)
 
  • Obispos que sepan y se atrevan a confrontarnos, pero no por vanalidades morales como eso de pedir objeción de conciencia para los matrimonios gay, sino por causas auténticamente graves y que atenten real y objetivamente contra la vida de las personas. Obispos que puedan llamarnos a objetar en conciencia ante los sistemas económicos que matan de hambre a los más pobres; ante sistemas políticos basados en la corrupción; ante instituciones religiosas fundamentalistas; ante curias romanas que atenten contra la dignidad de la mujer… aunque eso les lleve a oponerse a sus amigos y compañeros.
 
  • Obispos que quieran acompañar al pueblo de Dios, no para hacerse sus gobernantes, sino para ser compañeros. No para tener puestos privilegiados, sino para compartir la vida.
 
  • Obispos que superen los discursos que no se ven reflejados en su vida, porque estamos cansados de escuchar cosas que sabemos (muchas veces por experiencia personal) que son palabras vacías que no se aplican a la vida personal de quienes las dicen.
 
  • Obispos que sean vigías en el camino de la experiencia espiritual, vigías que conocen el camino porque lo han recorrido verdaderamente y no desde los libros o los documentos del Vaticano.
 

El mundo de hoy necesita obispos Jedi para que el mensaje de Jesús suene creíble. 

A la iglesia de hoy le urgen obispos Jedi para renovarse de acuerdo al espíritu cristiano.  
  

Espero que ellos también hayan visto a Obi-Wan en el Episodio III. 
 

J. Álvaro Olvera Ibarra