Hola, me da gusto encontrarte de nuevo. 

Hoy te propongo comenzar hablando de una realidad que ha repercutido inmensamente en nuestra concepción del mundo, de la religión y de la espiritualidad: el dualismo heredado de ciertas filosofías griegas, establecido por la mucho de la cultura romana y luego universalizado por algunas facciones del cristianismo. 
 

  • Un mundo en dos
 

Desde pequeños fuimos educados en un dualismo que separaba el mundo en dos partes opuestas e irreconciliables. Así, aprendimos que existían cosas materiales y cosas espirituales, cosas sagradas y cosas mundanas; también aprendimos que las cosas son blancas o negras, que guiarse por la razón es mejor que hacerlos por los sentimientos, que ser varón es un poco o un mucho mejor que ser mujer. 

Este dualismo nos llevó a considerar el cuerpo – y todo lo relacionado con él como el placer y el sexo – como algo de menor categoría, algo meramente instintivo o incluso algo sucio o pecaminoso. El Dios de que nos hablaban cuando éramos pequeños estaba lejos, muy lejos de todo lo corporal, por eso, para agradar a ese Dios, teníamos que dejar de comer carne los viernes de Cuaresma, había que lastimar nuestros cuerpos y reprimir nuestro placer. ¿O no te tocó escuchar cosas como “niño, déjate ahí, Dios te va a castigar”? 

El dualismo de nuestra cultura está presente en muchos espacios y formas de pensamiento, en muchas conductas y en expresiones religiosas. Por ejemplo, la frase “vieja el último” es una clásica muestra de dualismo misógino tan metido en nuestras conciencias que hasta las niñas corren para no ser las últimas y ser “viejas”. Otra frase de medalla olímpica es aquella de “eso es de mujeres” que va de la mano con “los hombres no lloran”: dualismo machista. 

Dentro del universo religioso, el dualismo se expresa en prácticas y costumbres como la de la sábana nupcial [una sábana con un hoyo a la altura de los genitales con la que la mujer se tenía que cubrir para tener relaciones sexuales con su esposo] Esa sábana impedía que los esposos se vieran desnudos, que sintieran sus pieles y disfrutaran de placer al tocarse. ¿Conoces la postura “del misionero”? Bueno, pues es la postura sexual que los fieles católicos tenían que practicar – por recomendación de los misioneros – a través de la sábana para tener el mínimo de placer y asegurar la fecundación, porque el sexo NO era para el placer, sino para tener hijos. 

Entonces, si el dualismo nos enseñó a ver el cuerpo, el placer o el sexo como sucios y si a esto le sumamos que todo lo que oliera a femenino se considera inferior, pues tenemos como resultado que el placer, el cuerpo y el sexo del varón gay – por ser considerado culturalmente como un varón que desea ser como mujer – han sido considerados sucios, pecaminosos, inferiores. 

Considerar que la homosexualidad no tiene nada que ver con la espiritualidad es, me temo, otra forma de dualismo que – sin quererlo – colabora con la visión de que el sexo gay es sucio y no puede estar en relación con el espíritu.  

De ahí que en el mundo gay podamos comprender que un varón tenga sexo con otro o una mujer con otra, pero que nos cuesta muchísimo trabajo comprender y aceptar a una persona que sea, por ejemplo, sacerdote o monja y experimente su sexualidad con otra persona, pues se supone que quienes se dedican a las cosas espirituales NO DEBEN tener sexo, ni desearlo, ni disfrutarlo.

Si te ha tocado tener sexo con alguien y luego descubres que es sacerdote, religioso o monja, que es catequista o trabaja de lleno en un grupo religioso cualquiera, es posible que te haya saltado el pensamiento de su poco respeto por su investidura religiosa. Yo he encontrado casos en los que la persona religiosa es acusada de hipocresía y termina siendo excluida por nosotros a causa de ejercer un derecho que los demás peleamos como inalienable: el sexo responsable. 

No se trata aquí de menospreciar el celibato o la abstinencia, sino de dejar claro que nuestra reacción casi instintiva de rechazar la idea de que alguien dedicado “a las cosas de Dios” pueda disfrutar de una buena sesión de sexo oral, es una manifestación de dualismo religioso.  

Muchas de las ideas católicas sobre virginidad, abstinencia y renuncia al sexo tiene que ver más con un dualismo religioso que con una sana postura sexual libremente elegida y, por ser un opción libre, capaz de ayudar a crecer y a madurar.  

He conocido casos de sacerdotes que llegan a amar verdaderamente a otra persona, pero que se torturan incluso por años pensando que su voto de castidad [o promesa de celibato] es algo que Dios les ha pedido y que no pueden renunciar a el sin terminar ofendiendo a Dios. Al final tenemos un cura infeliz, refugiado en el alcohol (es un caso verídico), una mujer que se quedó sola esperando a que el otro se decidiera a comprometerse con ella, y un Dios profundamente herido por la situación de esos hijos suyos que pensaron que su dualismo era voluntad divina. 

Como personas gay, también manifestamos nuestro dualismo cuando dividimos al mundo en “afeminados y masculinos” o “activo y pasivo” o en “gay y lesbiana” considerando lo uno como menos valioso que lo otro. Otra muestra de dualismo en los gay creyentes es que oran para bendecir a Dios antes de comer, pero nunca oran para bendecir a Dios antes de tener sexo, cuando podríamos decir: “bendito seas, Dios bueno, que me has dado la capacidad de disfrutar con mi cuerpo las deliciosas sensaciones de tocar, oler, acariciar y... (añade lo que prefieras) el cuerpo de este otro hijo tuyo” 

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Gracias por tu atención y nos vemos la próxima vez. 
 
 

J. Álvaro Olvera Ibarra