Hola amig@.
Ya habíamos hablado de que
la espiritualidad es más, mucho más que la expresión religiosa. La
espiritualidad es vida. Sin embargo, decíamos que la espiritualidad también
puede incluir la expresión religiosa, pues la religiosidad es parte de las
dimensiones de la vida humana, como lo son la ciencia, la poesía y demás
artes.
Y como toda religión tiene
en su haber la creencia más o menos definida en un poder o ser superior, pues el
resultado es que la espiritualidad vivida desde lo religioso va a guardar una
íntima relación con la idea de Dios. Vamos a dedicar un tiempo a profundizar
esta relación, te pido paciencia pues antes de aterrizar, necesitamos teorizar
un poco.
- ¿Dios en el siglo XXI?
La vida tiene una dimensión
que nos fascina y nos llena de estupor. Hay realidades y experiencias que no son
explicables en sí mismas, que no son expresables en lenguaje teórico. Son
experiencias que nos fascinan y que al mismo tiempo nos provocan vértigo por lo
profundamente que nos tocan.
Imagina a los primeros seres
humanos que vieron el mar... a los primeros que fueron capaces de colorear sus
cavernas para llenarlas de belleza... los navegantes mirando el cielo estrellado
y leyendo en él caminos... a Sócrates pensando... a Mozart creando el requiem o
a Van Gogh plasmando los Girasoles... a Einstein descifrando el átomo... al
mismo Hawking analizando el tiempo y los Hoyos Negros...
Todos fueron capaces de
captar un algo que los dejaba admirados, sobrecogidos, casi asustados antes la
magnificencia de la realidad que los rodeaba. Y todos plasmaron de una manera u
otra esas experiencias en letras, colores o formas en las que intentaron
explicarnos lo que habían captado.
Nosotros, seguro que hemos
tenido una experiencia de lo que algunos han llamado “lo tremendo y lo
fascinante” Piensa...
¿Has visto un amanecer a orillas del mar, mientras sobes una taza de café, completamente solo?
¿Has sentido el golpe de las olas, te has dejado mecer por su ritmo mientras nadas desnudo?
¿Has mirado la luna llena reflejada sobre un lago en una noche de primavera?
¿Has visto germinar una semilla o florecer una planta?
¿Oído cantar un pájaro, zumbar una abeja, ladrar un perro?
¿Has visto los colores de las mariposas y los múltiples tonos de verde de los árboles?
¿Te han abrazado con amor? ¿Te han besado con pasión? ¿Has hecho el sexo con todo tu ser?
¿Te has visto desnudo frente al espejo? ¿Te has acariciado por el mero placer de sentir tu piel?
¿Has tomado una Montejo (o la cerveza que prefieras) con tus mejores amigos?
Detrás de todas estas
realidades, y muchísimas más, incluso las dolorosas, de muerte y pérdida, hay
una experiencia que va más allá del mero acontecimiento. Estas cosas nos hacen
sentir vivos, completos, felices, exultantes de alegría... o nos enfrentan a
nuestra limitación, nos desconciertan, nos desgarran, pero aún en ese dolor
notamos que estamos igualmente VIVOS, que somos capaces de SENTIR y
LLORAR.
Cuando tenemos estas
experiencias estamos seguros de que SOMOS y sabemos dentro de nosotros mismos
que ese sentimiento de ESTAR VIVOS es nuestra más honda verdad, porque estas
experiencias son experiencias profundamente espirituales.
Estas experiencias nos
trascienden, nos envuelven en un mysterio (con Y, como se escribe en griego y
que tiene el sentido de profundidad que no se agota con la mera explicación
racional, sino que se conoce a través de la experiencia) que no sabemos ni
podemos explicar, pero que sabemos es real y que, aun cuando no lo comprendemos
(como en el caso de experiencias dolorosas) nos están conectando con la VIDA,
están desatando posibilidades escondidas o ignoradas.
A esta realidad Mysteriosa,
Trascendente y de Vida es a lo que yo, como creyente, llamo:
Dios.
Entonces, para mí Dios no es
primeramente una teoría que explicar, ni una persona cuya existencia deba o
pueda comprobar; tampoco es un mito que desvelar o una ilusión que
psicoanalizar. Menos, mucho menos, es un dogma en el que debo creer, como
tampoco es un poder absoluto y soberano ante el que me deba
humillar.
Dios es, para mí, una
experiencia que no se puede comprobar, sino solo probar. Ante el
Dios que yo afirmo no cabe creer (en el sentido de estar seguro de que existe,
sin que quede el más mínimo margen de error o de duda), sino solo
apostar, porque una vez que se ha experimentado se apuesta por su
presencia, arriesgándolo todo por la necia certeza de que ES.
* * *
Vamos a dejarlo aquí, luego
seguiremos comentando el asunto de la espiritualidad y Dios.
Gracias por tu
compañía
J. Álvaro Olvera Ibarra