Hola Amig@:
En esta ocasión, y por una
circunstancia muy personal que he vivido, quiero hablarte de un tema difícil:
Vamos a hablar del cuidado a las personas con SIDA y de su posible relación con
la espiritualidad.
- Acompañar al que tiene SIDA
Los seres humanos podemos hacer hondas
experiencias espirituales, algunas de ellas son capaces de cambiar nuestra forma
de ver la vida. Por ejemplo, la experiencia del dolor y de la muerte a través de
las personas con SIDA.
Más allá del aspecto religioso que
podamos darle, caminar con personas son SIDA hasta sus últimos momentos no puede
dejar indiferente a nadie. Ellos te confrontan. Su actitud ante la enfermedad y
la muerte (a veces de rechazo y angustia, a veces de paz y entrega) cuestionan
nuestra forma de ser humanos, nuestra forma de ser solidarios y nuestra forma de
amar.
Servirlos te abre el corazón a la
solidaridad y a la entrega desinteresada, por eso, porque puede ayudar a
desarrollar esos valores humanos, ese servicio es una vivencia
espiritual.
Sentir como propio su dolor y su
angustia es una manera de hacernos hermanos, de amar como a uno mismo, de
reconocer nuestra propia vulnerabilidad. Por eso, porque puede hacernos más
humanos, esa compasión (que viene de cum passio, es decir, padecer
con) es una vivencia espiritual.
Nuestra misma impotencia ante el dolor
y la muerte – que tantos de nosotros hemos experimentado cuando estamos al lado
de alguien con SIDA – nos abre al reconocimiento de nuestros propios límites, de
nuestra finitud, de nuestra muerte. Por eso, porque nos hace realistas y nos
ayuda a aceptar nuestra realidad de seres limitados, esta impotencia puede ser
una vivencia espiritual.
Enfrentarnos a la realidad de que
nuestros hermanos con SIDA son rechazados, estigmatizados y mal tratados en casi
todos los espacios y aún en estos tiempos, nos invita a abrir nuestro corazón a
la indignación. Sí, porque la indignación ética ante la injusticia y la
exclusión son muestras de que no somos de piedra, de que aun nos queda humanidad
en el corazón (a pesar de que toda la sociedad nos está invitando al
individualismo)
Y cuando somos capaces de sentir una
profunda indignación por la exclusión “que no mata, pero quita la vida”, no es
posible que quedemos de brazos cruzados. Al contrario, salimos a las calles,
hacemos manifestaciones y exigimos un trato para ellos. Vamos a todas las
instancias para exigir que se respeten sus derechos, luchamos por que reciban
del Estado la atención médica de calidad y con calidez que
merecen.
Porque nos hace solidarios, porque nos
mueve a cambiar la sociedad, porque nos hace organizarnos para exigir
justicia... enfrentarnos a la realidad de exclusión es un acto profundamente
espiritual.
- ¿Y la persona con SIDA?
Jamás repetiría yo discursos como “el
SIDA es una bendición” o “resígnate y acepta tu enfermedad” porque, de entrada,
me parecen discursos gratuitos que no respetan el dolor y la enfermedad del
otro. Yo he escuchado cosas como esas de personas religiosas que NO tienen el
virus ni la enfermedad y por supuesto que me opongo a hablar
así.
Pienso que la persona con SIDA es la
única que puede llegar a decir que la enfermedad ha sido una bendición o no en
su vida personal. He conocido casos en los que el SIDA se vive como una
experiencia de espiritualidad (todos conocemos al Dr. René García, Albergues de
México) pero he conocido casos donde se ha vivido como una
maldición.
Sólo quien está dentro de la situación
y luego de un proceso lento y doloroso de aceptación, podrá considerar al SIDA
como algo positivo en el conjunto de su historia personal. Pero eso es una
cuestión totalmente individual, porque hablamos de cosas muy, muy
dolorosas.
Creo que la posibilidad de ver el SIDA
de otro modo depende, en mucho, de que quienes estamos alrededor de quien lo
padece seamos compasivos, amorosos, serviciales, solidarios, luchadores por la
justicia hacia quienes padecen la enfermedad.
En un clima de amor y compasión, todas
las experiencias, aún las más terribles, pueden ser asumidas como posibilidades
de vida. Quienes hemos pasado por cosas como abuso sexual infantil, violencia
doméstica, relaciones destructivas, violación, enfermedad y dolor, sabemos que
el amor y la compasión a nuestro alrededor son elementos que nos ayudan a sanar
y a mirar la realidad con ojos nuevos, sacando vida donde hay muerte,
escribiendo derecho en los renglones torcidos de la vida.
* * *
IN MEMORIAM
OCTAVIO
J. Álvaro Olvera Ibarra