Violencia… terrorismo… guerra… tortura… hambre… asesinato de mujeres… infancia abusada… crímenes por homofobia… presidentes diciendo tonterías… plantones… Oaxaca…

 

Mirar las noticias hoy en día es como darse una dosis de depresivos, no hay para donde ver y encontrar cosas que nos hablen de lo humanos que podemos ser. Muchos dejan de ver las noticias por eso, porque todo parece apuntar a que el género humano está destruyéndose a sí mismo, de forma lenta, salvaje, sádica.

 

Y no vamos a decir que no sea así, la verdad es que esto pasa, está pasando ahora. Se ha comprobado que, por ejemplo, un niño muere de hambre cada tres segundos (de ahí la campaña de internet donde los famosos truenan los dedos cada tres segundo, señalando un niño o niña muertos a causa de la pobreza extrema). En el tiempo que tardas el leer este párrafo, más de 3 niños murieron en el mundo.

 

Una de mis alumnas, de quince años, me cuenta como su madre la quema con colillas de cigarro para que aprenda a hacer la tarea y la haga bien.

 

¿Gajes de la evolución? ¿Muestra del horror de la así llamada pérdida de valores?

 

El ser humano es capaz de campos de concentración, ni duda cabe. Somos – escuché decir a un pensador – como un virus: llegamos, nos instalamos en un medio y lo deterioramos de tal forma que no es capaz de continuar vivo… y nos vamos a otro medio.

 

 

Una palabra desde la fe

 

La revelación cristiana nos dice que somos algo más que depredadores naturales, lobos de otros humanos. Según nuestra fe, el ser humano es imagen y semejanza de Dios, es decir, que somos capaces de algo más grande y más humano que lo que vemos en los diarios.

 

Y tenemos testimonios de que una forma más humana de vivir es posible. De los viejos tiempos tenemos a Camilo de Lelis, entregado a los enfermos; a Vicente de Paúl, cuya vida era un servicio a los miserables de la Francia de Mazarino. Mary Ward, que puso en riesgo su vida con tal de fundar colegios para muchachas pobres o Luisa de Marillac, con su equipo de mujeres en cárceles, hospitales y galeras.

 

En los tiempos recientes, una de las figuras paradigmáticas del espíritu de caridad ha sido, sin duda, la madre Teresa de Calcuta. La incansable anciana del sari blanco que dio vueltas al mundo moviendo a la gente al servicio. De hecho, la primera casa católica dedicada a la atención de las personas con SIDA la abrió ella en los Estados Unidos, aun en contra del deseo del Alcalde local.

 

¿Cómo respondemos los creyentes de hoy a las situaciones de violencia e injusticia del mundo?

 

La primera actitud, me parece, es el realismo. No podemos engañarnos sobre lo que sucede y hacernos de la vista gorda como si nada pasara, minimizando las consecuencias de la falta de amor, de justicia, de solidaridad. Y realismo, si bien no es optimismo exagerado, tampoco significa pesimismo, se trata de mirar la realidad como es, sin poner ni quitar, sin minimizar ni agrandar.

 

Una vez vistas las cosas como son, necesitamos dejarnos tocar. El corazón del cristiano ha de convertirse en un harapo de tantos rasgones, porque cuando miramos la realidad, nuestra fe nos invita a sentir en nuestra carne el dolor de los demás, porque ellos y ellas no son extraños que sufren, sino mis hermanos y hermanas, por eso, lo que suceda con ellos ha de afectarnos. Cuando trabajé con personas con SIDA, una religiosa me dijo que me dejara desgarrar el corazón por su dolor y su muerte… luego de 6 años de estar con ellos, mi corazón quedó como rascadera de mapache, no había un lugar sin arañazos, pero nunca fui tan humano.

 

Y ya molidos por el dolor de los demás, ha de despertarse en nosotros la indignación ética, el coraje, la sagrada ira de no poder permitir que tantas personas sufran las consecuencias de la cerrazón de otros. Solo cuando nuestro corazón arde en sagrada ira, podemos tener la fuerza para hacer algo, para poner manos a la obra, para no cansarnos de hacer lo que podamos por cambiar la faz del mundo. Un corazón que no siente sagrada ira ante el dolor de los demás, difícilmente puede amar.

 

 

¿Qué hacer?

 

Muchas personas, ante la magnitud de la situación de injusticia y violencia, no saben por donde comenzar. Vicente de Paúl decía que el amor es creativo hasta el infinito, así que habrá muchas cosas que se pueden hacer, cada uno desde el lugar en donde está. A una madre de familia no le tocará dejar a sus hijos para irse a Calcuta; a una mujer médico no le tocará dejar a los pacientes para salir a las calles a marchar… el simple hecho de mandar información por mail es ya una gran colaboración con la causa de un mundo nuevo.

 

El chiste es que ningún creyente se quede con los brazos cruzados, que todos los que seguimos a Jesús metamos las manos de lleno en la realidad, que nos atrevamos a “ensuciarnos”, a levantar la voz, a denunciar, a organizarnos con otros y otras que buscan lo mismo…

 

Porque si para algo nos dejó Jesús es para ser la luz del mundo, es decir, para ser todo el amor que le hace falta al planeta, para que el amor que otros no dan sea suplido por nuestro exceso de amor.

 

Si no es para ser el amor del mundo, los cristianos no servimos para nada; la sal ha perdido su sabor.

 

 

 

 

J. Álvaro Olvera I.

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