Muy amado hermano:
Con gran tristeza he leído
y vuelto a leer la carta sobre los homosexuales en el seminario. Es a propósito
de ella que te molesto y te robo algunos minutos de tu valioso tiempo (bien sé
yo que ser el líder de la iglesia no es tarea fácil, no porque yo haya sido
líder, sino porque ser signo de comunión entre tanta diversidad es tarea más
grande que las fuerzas humanas)
Benedicto, el mismo día de
tu elección – que a mí no me tomó por sorpresa pues sabía que la línea
continuaría en nadie mejor que en ti (no vayas a pensar que tengo conocimiento
previo a las decisiones del Espíritu) – recibí muchas llamadas y mensajes de
católicos manifestando su desilusión. Mucha gente temía que ibas a continuar la
mano dura que te había caracterizado mientras estabas al frente de la
Congregación para la Doctrina de la Fe.
En un primer momento, quise
salir de la iglesia, pero decidí, por consejo de un misionero, esperar, darte la
oportunidad de mostrarnos qué clase de Papa ibas a ser. Acepté el reto de
superar mi prejuicio contra ti, y esperé.
Cuando me llegó la noticia
de la carta, supuse que era uno de esos rumores que corren entre los católicos
de vez en vez (como aquel rumor de que Norberto Rivera podía ser elegido en tu
lugar o como que quieres darnos un quinto dogma mariano proclamando a María
“corredentora del género humano”) Sacando fuerzas de flaqueza, decidí esperar a
ver qué pasaba.
Ahora que leo tu carta, mi
querido hermano, quiero confesarte mis sentimientos, no en confesión pública,
sino como una forma de decirte lo que veo desde este pequeño lugar que ocupo en
la Gran Iglesia.
Mi primer sentimiento es la
rebeldía. Te explico. A pesar de ser católico, hace algún tiempito puede superar
la atadura que une a los fieles a la obediencia ciega hacia tu persona y a tus
enseñanzas. De mis hermanos y hermanas que a lo largo de los siglos han dedicado
su vida a la teología, aprendí que tus palabras siempre han de estar mediadas
por la “recepción” por parte de los fieles. Aprendí también que como aprendiz de
teología tengo el derecho y el deber de disentir siempre y cuando mi fe, mi
teología y mi experiencia me lleven a sospechar que puedes estar equivocado. Mi
primer sentimiento, entonces, es la rebeldía hacia lo que dice la famosa
carta.
Luego, siento tristeza,
infinita tristeza de ver cómo las peores sospechas de muchos fieles sobre la
continuidad de la “mano dura” se van realizando, mejor que profecía de Isaías.
Amo a mi iglesia, amo a mis líderes y me duele en lo profundo del corazón ver
que la jerarquía de mi iglesia se va poniendo como en tiempos del arrianismo: de
lado equivocado del partido.
Siento, también, mucha ira.
Sí, no se si soy el único católico que puede decir abiertamente que esta
iracunado contra su Papa. Pues sí, hermano, tengo mucha ira hacia ti y hacia la
institución (que de ningún modo es la iglesia) a la que pretendes defender con
esta carta. Y mi ira es por tantos y tantos homosexuales católicos, mis hermanos
de pueblo y situación, que van a seguir sintiéndose culpables, que van a seguir
sufriendo porque les dices que son lo que no son: inmorales, desordenados,
inmaduros, peligrosos.
Y siento ira cuando pienso
en los homosexuales que están en los seminarios y que se van a enfrentar al
dilema de ser honestos o esconderse para realizar una vocación que tu no puedes
ni negar ni rechazar, porque no te pertenece, porque la vocación es asunto de
Dios.
¿O es que acaso no puede
Dios llamar a quien quiera? ¿No podrá Dios llamar y hacer sus obras a través de
las manos de un homosexual que se asume como tal, lo manifiesta y apoya la
cultura gay? ¿Quién, amado hermano, quién crees que eres tu para decir a quien
puede o no Dios llamar, de quién puede o no servirse? Tu ministerio – que es el
ministerio de Pedro – te da derecho a ser vínculo de unidad, no a dar o quitar
vocaciones.
Unido a lo anterior, siento
ira cuando pienso en los jóvenes homosexuales que han sentido un llamado a la
vida religiosa y que van a leer tu carta y van a dejar su vocación truncada como
muchos de mis amigos que fueron expulsados de los seminarios por su tendencia
homosexual y ahora viven partidos, incompletos, sin realizarse plenamente,
porque – como bien lo sabes – si Dios da una vocación y ésta no se realiza, la
persona no puede ser plenamente feliz.
En fin, querido Benedicto,
que mis sentimientos son estos y tales, ahora ya los conoces. ¿Qué más puedo
hacer?
Se me ocurren dos cosas,
una es para ti y otra para los homosexuales católicos:
A ti te digo, en el nombre
de Dios y desde el evangelio, que tu postura frente a las personas homosexuales
no es de un hermano, sino de un juez. Que estás alejándote del Señor cuando
firmas cualquier cosa que va a ser usada para perseguir, condenar y rechazar a
otro ser humano. ¡Estás equivocado, Santo Padre!
¡Hermano, aprovecha este
tiempo de Adviento para reconocer en tu corazón los caminos torcidos de la
homofobia y hacer rectos senderos de aceptación, de inclusión y de respeto a los
homosexuales! ¡Qué el nacimiento del Salvador te encuentre limpio de toda
participación y de toda sospecha de participación en el rechazo de los
homosexuales con motivos religiosos!
Y a mis hermanos
homosexuales les digo, en el nombre de Dios y desde el evangelio, que se sacudan
el yugo de la obediencia ciega a todo documento de la Santa Sede y que asuman su
corresponsabilidad como creyentes adultos que creen y saben criticar la fe que
tienen. Recuerden que esta no sería la primera vez que el Papa se equivocara en
algo y firmara un documento que, luego, sería hallado lleno de errores (la
condena a la libertad de culto, a la democracia, a la igualdad de la mujer y la
reticencia ante los Derechos Humanos que se enarbolaron desde la Santa Sede
sirvan de ejemplo de lo que digo)
¡Que el nacimiento del Señor los encuentre con una fe renovada!
¡Atrévanse vivir la
aventura de saberse amados y aceptado totalmente por un Dios de Amor! ¡Conozcan
al Dios de Jesús, no a la caricatura que aprendieron de niños, y déjense amar
por ese Dios, déjense dar el abrazo que Dios puede llevar años esperando
darles!
Sin dejar de amarte y de
orar por ti.
Álvaro